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Adolescencia

Caritas descontracturadas, aros por todas partes, ropa multicolor a veces, o monocroma, según el caso. Un aire desmañado que te hace sentir a vos, que los estás mirando, que sos una pieza de museo.

Sí, quien está delante tuyo, tal vez en este momento, es un adolescente de hoy y de siempre. Aunque ahora el hábito ha cambiado un poco al monje. Pero digo, los otros, los más antiguos, bueno, más antiguos, mucho más que nosotros/as, ¿no tenían también algo de irreverentes? ¿O las hormonas no les funcionaban? ¿No se enojaban? ¿No les molestaban las injusticias flagrantes, de esas ante las que hay que estar permanentemente a la defensiva?¿No se enojaban también por la censura, por las órdenes tan verticalistas, por los mandatos bajados sin anestesia, con el tan remanido “porque sí, porque lo digo yo”?

Creo que sí, que en todas las épocas, la adolescencia fue la edad de los cambios y las inclemencias. Los desajustes y los despropósitos. Claro, muchas veces camuflados, o mejor, ahogados bajo la presión de la estructura familiar, esa que de a ratos se defiende a ultranza de toda intromisión desde el afuera , para indicar que si las cosas no son como se las ordena, el mundo no marcha.

Será cuestión de revisar, como siempre , como en todo, viejas y soldadas estructuras, y tal vez, por qué no, de recordar cómo nos sentíamos entonces ante situaciones similares. Qué queríamos, qué cosas nos ruborizaban, por dónde nos pasaba el deseo… imposible pensar que antes era distinto. Imposible admitir o convalidar la remanida frase “jóvenes eran los de antes”. Antes y ahora, la etapa de los cambios, como cualquier otra, tiene sus connotaciones personalísimas. Y para nada atrevidas. Sólo naturales. Así de simple.

Laurita